Al parecer, el Atlántico Sur, y probablemente el océano Antártico también, son ricos en oro negro. Brasil -ya sexta potencia económica del globo- está desplegando una importantísima infraestructura en la zona y, seguramente, su vecina Argentina (hasta 1808 territorio español) no quiera quedar atrás. Quizás sea el motivo del repentino recuerdo de las Malvinas o, quizás también, que a la Presidenta Cristina le haya entrado un repentino arranque de memoria histórica y haya decidido acabar lo que la Dictadura no consiguió ni empezar: descolonizar el Archipiélago de Malvinas. Difícil empresa.

Hace ya varios años que completé mis estudios de Derecho Internacional Público y aún recuerdo con precisión muchos de los llamados “conflictos históricos”, entre los que se encuentran la delicada situación del Sáhara Occidental, el espinoso asunto de la salida de Bolivia al mar, el sempiterno conflicto de Oriente Próximo o el de los territorios pendientes de descolonización. Uno de ellos nos toca bien de cerca, el del Peñón de Gibraltar, sobre el que versó mi trabajo de fin de curso; otros, como el de Malvinas, aquel archipiélago cercano a la Antártida del que nadie se ha acordado en el último cuarto de siglo, algo menos. No obstante, ahí están, con su población cercana a los tres mil habitantes y unas importantes reservas de crudo aún por explotar.
Es cierto que las heridas abiertas duelen y perder una guerra (si no que se lo digan a Estados Unidos) nunca es plato de buen gusto para ninguna nación; no obstante, la Guerra de Iraq ya nos demostró en 2003 que aquella famosa máxima de que las segundas partes nunca fueron buenas se cumple casi como ley natural. Un nuevo conflicto armado entre varias potencias iberoamericanas y el Reino Unido de David Cameron parece, desde luego, lejano y poco probable.
De momento, Cristina se está conformando con atacar algunos intereses económicos occidentales en la zona y, Londres, a responder poniendo en marcha la poderosa maquinaria diplomática del número de 10 de Downing Street. Y, con casi toda seguridad, este contencioso no pase de los despachos. Se elevará a la Asamblea General de Naciones Unidas, a la que tantas veces llegó también el asunto de Gibraltar, se redactará una escueta resolución y todo seguirá, aparentemente, tal cual. Es decir, serán compensaciones económicas en forma de fuertes inversiones y maquinaria militar para el paupérrimo Ejército argentino lo que deje este asunto en una mera anécdota y, al codiciado archipiélago, bajo soberanía de su Graciosa Majestad Británica.
¿Le importa a alguien la memoria de los cientos de soldados de ambos bandos –principalmente del argentino- que se dejaron la vida en aquella fría y dura batalla? ¿Hay realmente un trasfondo patriótico tras la reclamación de soberanía? El caso es que contenciosos de este tipo se solucionarían con el mecanismo político de la soberanía compartida o “soberanía Faisán”, apelada así por ser el mecanismo que funciona perfectamente desde hace muchos años en la Isla de los Faisanes.
La susodicha es un islote localizado en la misma desembocadura del río Bidasoa, siendo territorio español una de las márgenes y, francés, la de enfrente. Durante seis meses al año el Reino de España asume la jurisdicción situándolo bajo su soberanía y, los seis siguientes, es la República Francesa la que hace lo propio. Se trata, pues, de un interesante mecanismo que, hasta ahora y entre dos países civilizados, ha dado muy buenos resultados. En último término y suponiendo que dos potencias que reclaman una misma zona no se pusieran de acuerdo y fueran incapaces de compartir, ese territorio debería situarse bajo jurisdicción internacional, sometido al Estatuto de la ONU.
Irremediablemente, vivimos una crisis económica brutal que está llevando a la recesión a muchas economías, se están lesionando importantes intereses económicos y hay muchas plazas geoestratégicas en jugo; bazas que, hasta ahora, había jugado el mundo occidental a su antojo, con Estados Unidos a la cabeza, para mantener su hegemonía mundial. Y, si no, ahí tenemos los cuarenta años de dictadura de Mubarak, o de Gadafi, o el autoritarismo de la Monarquía marroquí, aliados de los líderes europeos y americanos que mantenían la inmigración ilegal a raya a través de durísimas políticas de represión y brutalidad policial y a los supuestos radicales del Islam bajo control gracias a la férrea dictadura y al nulo poder de los parlamentos. En nuestros países firmamos declaraciones y más declaraciones sobre derechos humanos y hasta derechos de los animales pero no tenemos el más mínimo reparo en aliarnos con sátrapas y asesinos para mantener el poder de nuestros intereses, aún a costa del sufrimiento de millones de personas.
En las Malvinas, otro tanto de los mismo, otro ejemplo más de la grandeza del ser humano, del predador hombre, que se solucionará con una versión oficial secreta y otra que darán los medios para acallar a las masas. Usamos los sentimientos, como el patriotismo o el recuerdo a nuestros muertos como armas políticas sin el más mínimo pudor. Hay petróleo en Malvinas y eso es lo que importa. Argentina protestará y Londres pagará para tapar la rabieta y, ambos, con independencia de que unos le pongan velas de recuerdo a la Bandera Albiceleste y, los otros, a la Unión Jack, se repartirán el pastel, los jugosos barriles de petróleo que están en las aguas malvinenses tan necesarios para mantener el Brent unos pocos años más por debajo de 150$.
Malvinas seguirá siendo inglesa, que a nadie le quepa duda, sólo que, el hambre está llamando a la puerta de muchos Estados y es necesario hasta remover los cimientos de la historia si hace falta para pagar las facturas. Por supuesto, los conflictos históricos son un tema siempre recurrente, una cortinilla de humo perfecta para que en los despachos de las petroleras se sellen los acuerdos necesarios y que, los de siempre, sigan manejando el cotarro. Últimamente, algo más asustado de la cuenta, con los chinos cada vez más poderosos y media Europa dependiendo del buen humor con que Putin se levante cada día.
Román Terol