Las conciencias de muchos banqueros, empresarios y gobernantes deberían estar al rojo vivo, hace tiempo que tendrían que haber pedido disculpas. Pero sorprendentemente, en vez de sonrojo, vemos indemnizaciones, nacionalizaciones de bancos y una tímida reacción social. Ello ha hecho que el estado español haya perdido su credibilidad ante los mercados y parcialmente ante sus socios europeos. Esa pérdida de confianza nos está costando cara, más porque no sabemos bien adonde vamos.

Sin embargo, sobre esto último quizás estemos equivocados, porque la estrategia del gobierno español, por más que haya hecho temblar la prima de riesgo esta semana, no le está saliendo nada mal. Es cierto que comenzó Hollande con la bandera del crecimiento económico, pero es España la que está bajo el foco de estas políticas, pues las reformas que se ultiman en Europa parecen hechas a medida ibérica. Sería paradójico que un país con una tasa de desempleo del 24% y con los bancos moribundos obligue a sus socios a girar el timón, pero si observamos su peso mundial (la duodécima economía más grande del mundo según Haydn Shaughnessy, colaborador de la revista Forbes) podría explicar nuestro peculiar protagonismo. Solo sería seguir aplicando el mandato de esta crisis: “demasiado grande para caer”.
Lo que me sorprende del papel de Europa en este estancamiento productivo es que no haya una concienciación sobre nuestras carencias institucionales y económicas. No solo el euro está construido a medias sino que es urgente ponerle remedio a nuestra falta de competitividad en el mundo. En este sentido, los americanos han sabido reconvertirse del poderío militar al tecnológico, el continente asiático también compite en tecnología, pero nosotros nos hemos quedado atrás. Nos hemos conformado con planificar políticas al corto plazo y la consecuencia es que nos hemos hundido en las políticas de austeridad. Pero, ¡que no cunda el pánico! Han dicho fuentes gubernamentales esta semana que España no está tan mal.
No obstante, así no vamos a ninguna parte, tenemos que marcar nuestra estrategia al menos a cinco años vista. Para empezar no vendría mal que reflexionáramos sobre nuestro ladrillazo. Ello haría que pensáramos en un cambio de modelo económico, pero debe estar comprometida toda la sociedad y no sólo algunas escuelas de negocio. Así, enjuiciar a los tiburones financieros que se han aprovechado de la especulación, pero no han dado la cara cuando el barco se hundió. Acto seguido, fomentar la conciencia emprendedora, puesto que en el conjunto del Estado sólo se autoemplean el 3% de los jóvenes frente a un 66% de norteamericanos. Esto explica de forma muy gráfica una de las razones de nuestro paro juvenil. Por último, diseñar unas políticas públicas que fomenten la competitividad, al menos, en educación y sanidad.
En definitiva, tenemos que reaccionar para marcar el rumbo de las políticas europeas, sea o no con nuestro peculiar protagonismo. No podemos continuar dejando que nos tomen el pelo y nos llamen pardillos a la cara. Los merados y la política son al fin y al cabo poderes fácticos y uno ejerce control sobre el otro, no es algo que esté tan descoordinado y alejado.
José de Lorenzo Cáceres
Artículo aparecido originalmente en Liberal.cat. Liberalismoonline agradece a su director la autorización para publicarlo
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