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En la historia está nuestro presente y nuestro futuro: RAFAEL PALACIOS

El imperio romano se descompuso en Hispania cuando el miedo y el deseo de seguridad se adueñó de la población. Los emperadores estaban más ocupados en sofocar los levantamientos internos que en atajar las amenazas exteriores, lo que despertó el ansia expansiva de sus vecinos. La economía, diezmada por la presión fiscal y la realización de costosísimas obras. Tras el siglo III, la periferia se alejaba del centro, se agrietaba la correa de transmisión de las decisiones y la factura de la burocracia devenía impagable. El otrora exitoso orden romano estaba ya bajo amenaza y no duraría mucho tiempo.

El deterioro económico, rural y ciudadano, se acompañó de un gobierno en desintegración. Los aristócratas y terratenientes estaban extenuados, víctimas de la voracidad fiscal del estado despilfarrador, y buscaron refugio en el campo, abandonando sus responsabilidades. Sobre las espaldas de los que quedaban, caía el peso de los inexorables cupos fiscales.

El intervencionismo estatal se había desplegado, sujetando a familias de munícipes a la obligación de recaudar crecientes impuestos, haciendo proliferar los funcionarios encargados de aumentar las colectas. La obligatoriedad del pago en especie de algunos impuestos no ayudó al relanzamiento del comercio, y puso en manos del estado el timón de la economía. El dirigismo burocrático cerraba el paso a la iniciativa privada y convertía a las cofradías de comerciantes en guiñoles de la administración.

Sin cobijo en el que refugiarse y enfrentarse al intervencionismo estatal hallando la seguridad que se le negaba en otros ámbitos, la economía real no tenía posibilidad alguna de sobrevivir. La deuda pública ya depauperaba a Hispania. Extensas propiedades y valiosos predios del estado se debían entregar en ocasiones para pagar deudas. No existía una barrera precisa entre lo público y lo privado. Los más desfavorecidos debían encontrar su sustento y defensa de la coacción fiscal mediante la aceptación del régimen de encomendación.

Los esfuerzos de los funcionarios fiscales por reorganizar la administración provocaron un vuelco en los impuestos. Las nuevas cargas y la actualización de las viejas no lograron, por supuesto, compensar la subida de los gastos imperiales. El germen del fracaso del imperio fue la invención del estado del bienestar: la política del subsidio, el dirigismo de la economía, la intervención de los precios… En poco tiempo, el poder romano se convirtió en una mera entelequia en medio de ambiciosas aristocracias locales que acabarían por hacerlo caer en cuanto unos pocos bárbaros enclenques embistieron sus fronteras. Quizás para los oprimidos ciudadanos romanos aquellos invasores fuesen vistos como salvadores ante la tiranía de sus propios gobernantes.

¿No es tristemente actual? La única diferencia entre aquel declive y nuestros tiempos debe de ser que ahora no vestimos toga y que nuestras sandalias llevan el cierre de velcro.

 Rafael Palacios Velasco

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