Los regímenes totalitarios coinciden en una cosa. Todos reclaman el bien común. Avalados con esta idealización, conceden prerrogativas y exenciones que benefician injustamente a distintos grupos de individuos, a costa de los demás, que se convierten en esclavos de los primeros.

SegúnAyn Rand:
“Muchas personas creen que el altruismo significa bondad, benevolencia, o respeto por los derechos de los otros. Pero significa exactamente lo opuesto: enseña el sacrificio personal, así como también el sacrificio de los otros ante cualquier necesidad publica no especificada; considera al hombre como un animal de sacrificio”.
Algunas veces esta elección y estos privilegios se basan en un prejuicio racial, como ocurrió en la Alemania nazi. Otras veces el bien común sirve para justificar una tiranía comunista, o una democracia socialista. Para asegurar el bien común hay que proteger a los individuos menos favorecidos. ¿Por qué están menos favorecidas? Muchas veces no son útiles, no se empeñan en un oficio acorde con sus habilidades, no ofrecen un bien que la sociedad esté dispuesta a comprar, o simplemente su trabajo no es tan demandado como el de otros y no obtienen tantos beneficios (otras causas de su situación son la suerte o la genética, pero estas son cosas imposibles de cambiar). Sin embargo, son estos individuos los que hay que favorecer, hasta igualarlos con aquellos otros que si ofrecen un bien y que se han enriquecido gracias al servicio que venden.
Ahora bien, para favorecerles es necesario usar la fuerza, ya que no serán favorecidos por nadie que quiera comprar su mercancía de forma voluntaria ¿Qué bien común es ese que va en contra de lo que la mayoría consideraría un bien y obtendría de forma espontanea? Por eso es necesario emplear la fuerza. La esencia del totalitarismo es la coacción. Así es como nacen todos los regímenes absolutistas. Un pequeño grupo de personas, una ristra de líderes, apoyada y aupada por una minoría ciudadana, que constituyen distintos grupos de privilegio, promueven la coacción y el saqueo del resto de la población, la cual acaba padeciendo la abyección de esos tiranos y ese sequito de seguidores.
Cuando esto sucede a una escala muy grande el totalitarismo se convierte en un Estado genocida y supone una abominación que quedará registrada para siempre en las páginas más negras de historia humana. La legitimación del terror es la amenaza más peligrosa contra los derechos de la mayoría. Pero no hace falta acudir a los grandes totalitarismos para encontrar ejemplos de este tipo de abyecciones. En las democracias actuales existen ejemplos de sobra.
La coacción, ejercida por una minoría, a costa de una mayoría, en nombre del bien social y la igualdad, también sirve para justificar el régimen actual. La escala es menor. No obstante, las bases que sustentan esas canalladas son las mismas.
Estos días los medios de comunicación resaltan y encomian los combates que están protagonizando los mineros de las cuencas leonesas y asturianas. Su objetivo es claro, consiste en obligar al Estado, es decir, a todos los ciudadanos que pagamos impuestos, a seguir manteniendo con el dinero de los contribuyentes una industria que no es capaz de sobrevivir por sí misma y que está dando las últimas bocanadas. Es decir, una minoría de trabajadores pretende, por la fuerza y mediante la coacción, que todos los demás compremos el carbón a un precio mucho más caro que el que podríamos obtener voluntariamente en el mercado exterior. Además, exigen que paguemos todos los meses, religiosamente, con un parte de nuestro sueldo, en concepto de manutención. España pasa por una recesión enorme: cada vez hay más familias que no pueden llegar a fin de mes. Pero los mineros siguen tensando la cuerda, quieren que el Estado soporte más déficit, el déficit que genera esa industria del carbón paupérrima.
La única forma de hacerlo es aumentando los impuestos y repercutiendo la ineficiencia de esas minas en los ciudadanos de este país, los cuales además tendrán que pagar un mineral de menor calidad y mucho más caro. Mientras, los mineros aseguran un puesto de trabajo que no depende de la rentabilidad y la eficacia, o de una autentica demanda, sino de la coacción y los privilegios que obtienen esos grupos de presión a través del chantaje y la coacción, cortando las vías del tren, quemando neumáticos, rompiendo escaparates, para mayor molestia de todos los ciudadanos. El estilo caciquil es el mismo que caracteriza a cualquier totalitarismo.
Las empresas tienen que existir si son rentables y si ofrecen un servicio que beneficie a más personas y que sea ampliamente demandado por la gente. La prueba de que funcionan es que no necesitan acudir al Estado para obtener subvenciones; no necesitan manifestarse por la calle ni amedrentar a los gobiernos. Las empresas no tienen que sobrevivir en virtud de la capacidad que tengan de presionar al gobierno para que privilegie su sector en detrimento de otros, o porque puedan intimidar a un mayor número de ciudadanos.
Los trabajadores tienen que defender su trabajo mostrando un currículo que sea digno del puesto que quieren conseguir, y esmerándose para ser los mejores, no porque sean más fuertes o más numerosos, o porque puedan poner en jaque a todo un país.
Basta ya de privilegios. La crisis económica acontece cuando un pequeño grupo de personas, ineptas y arrogantes, pretende dirigir el mercado, imponiendo tasas al movimiento de productos extranjeros, favoreciendo determinados sectores industriales, rescatando mercados estratégicos. Algunos bancos son beneficiados con fondos de garantía porque se dice que sería una catástrofe si se les dejase caer. También se alega que la agricultura debe ser una prioridad, ya que la alimentación es un bien esencial. Igualmente, se dice que las minas leonesas no pueden cerrar, ya que se hundiría toda una comarca. Todo esto no se debe permitir, no porque sean industrias florecientes y saneadas, sino precisamente porque no lo son. Las escusas que se blanden a tal efecto tienen una misma raíz: anuncian una catástrofe si no se mantienen las ayudas y las protecciones.
Pero la verdadera catástrofe consiste en conservar sectores que no existirían si no fuera por esas ayudas que reciben. Las empresas existen por un único motivo: el servicio que dan a los clientes. Este servicio nunca puede ser imprescindible, ya que depende de los clientes, de lo que éstos quieran y reclamen en un momento dado, y de las empresas, de lo barato que estas consigan fabricar sus productos. No existe una empresa tal que no pueda ser sustituida por otra mejor. La agricultura provee alimentos básicos, pero esto no quiere decir que una empresa dada, dedicada al cultivo de la remolacha, no pueda dejar sitio a otra que venda remolacha de mejor calidad.
No debemos confundir el carácter imprescindible del producto, el alimento básico, con el servicio concreto que pueda dar una empresa determinada. No debemos favorecer una empresa mediante subvenciones solo porque el producto que vende es un bien esencial. Tampoco debemos proteger los productos alegando otras razones igualmente espurias, por ejemplo, diciendo que se fabrican en nuestro país o en nuestra región. Este chovinismo miope y cavernícola no se percata del error: cualquier promoción que no busque la calidad supone siempre un perjuicio para todos. Si alegamos otros motivos distintos, acabaremos teniendo un producto mucho peor, mucho más caro, o menos demandado.
Eladio García