Una de estas mañanas oía a Segurado su enesima crítica a la casta política, y no puedo por más que estando de acuerdo con él, transcribir lo siguiente:
“La culpa es nuestra” —pensó nuevamente—. “Si nosotros, los que actuamos, los que aprovisionamos y beneficiamos a la humanidad, hemos permitido que el sello del mal quede estampado sobre nuestro ser y silenciosamente soportamos el castigo de nuestras propias virtudes, ¿qué clase de bondad esperamos que triunfe en el mundo?” esta frase del personaje de ficción Hank Readen de La Rebelión del Atlas me da pie a una reflexión.
¿Quién o quienes son los responsables de esta clase gobernante que tenemos? Todos si, pero unos más y otros menos, y los que menos somos los votantes, los más, sin ninguna duda, son los que les han dado de comer estos años, los que han comido de ellos, y los que han hecho lobby con ellos. Al fin y al cabo, nosotros hemos venido eligiendo entre los platos que nos daban, así que o muertos de hambre, o a comer.
Dicho lo cual, conviene detenernos en esa reflexión, para sacar una conclusión, también ellos han pagado la crisis, no tanto como nosotros, pero también la han pagado y no tienen paro.
Y me preguntareis quienes son ellos, y yo digo los colaboracionistas, aquellos que han sacrificado su libertad y su iniciativa ante los beneficos que suponía arrimarse al poder y hacer negocio con ellos, para ellos, y a nuestra costa. Ya saben de quien hablo, si son esos ¿empresarios? que llevan años trabajando al lado del poder y beneficiandose de este estado de cosas. Ahora bien, un efecto beneficoso de la crisis, es que los primeros en caer han sido ellos. El precio es alto, pero si lo aprovechamos para el futuro, algo habremos aprendido, y algo habrán ganado nuestros hijos.
Porque no nos engañemos, esta retroalimentación entre ambas partes del sistema es la que nos ha llevado a donde estamos, unos sin otros no existen y de nada valdrá nuestra lucha si no somos capaces de desemascararlos a todos, los políticos son una parte del problema y los que les han puesto allí la otra.
Pero esa otra no está definida, parte ha caído ya, y la otra parte no está compuesta por empresas concretas, o por empresarios concretos, sino que responde más bien a una forma de hacer y de pensar, no es esta o aquella, sino como digo una forma de hacer que parece habernos condenado y que o la superamos, o nos acabará por derrotar. La lucha no es fácil, porque esa forma de hacer y de pensar forma parte de la cultura, de la peor cultura empresarial que se transformó desde el franquismo a la democracia, que condicionó a la propia democracia y que entre todos debemos erradicar.
Para ello, es imprescindible modifcar las estructuras del poder que lo maneja, es preciso introducir en la política nuevas formas de hacer que permitan cambiar las cosas y quitar el poder a los partidos, las auténticas maquinas que mueven el engranaje descrito y mecanismos de corrupción generalizada. Corrupción que está no tanto en las personas que los integran, sino en su propia esencia y entidad organizativa, en su cursus honorum y en la forma de elección de los candidatos a representantes.
Dicho esto, la solución pasa indefeciblemente por quitarles poder, y eso sólo es posible por medio de formas de elección de representantes que desplacen el poder desde los partidos hacia los candidatos y de estos a los votantes. Primero para restar poder a la organización, y luego para devolverlo al inividuo.
Resulta evidente, por otro lado, que los partidos que conocemos jamás darán ese paso hacia su propia destrucción, debemos ser pues capaces de colocar en los órganos de poder otro tipo de organizaciones, organizaciones que se funden en el individuo y en la preservación de la libertad, y ello sólo se consigue a través del liberalismo, de organizaciones que luchen y crean firmemente en la libertad del individuo, organizaciones compuestas por individuos en las que el individuo sea la base y fundameno de las mismas.